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¿Qué panes y qué peces?

Published: July 31, 2008

Un artículo reciente en el diario Granma traía, para variar, una buena noticia: Una gallina cubana había puesto el huevo más grande del mundo.
Estoy seguro de que la información habrá llenado de júbilo a los muchos cubanos que pasan las de Caín para suplementar su magra canasta de alimentos. Si una gallina es capaz de semejante proeza, una cuantas más regadas por toda la isla podrían llegar a alimentar a toda la población. Un huevo de esos, después de todo, bastaría para la cena de toda una familia.
Lo cierto es que desde hace décadas el gobierno cubano tropieza con la misma piedra mañana, tarde y noche. Me refiero al racionamiento impuesto en los primeros años de la revolución, primero como medida de pura “emergencia”, y luego como necesidad cotidiana, incluso deseable, para conjurar los males del consumismo y la decadencia.
Desayuno, almuerzo y comida. Los tres fracasos de la revolución castrista. Olvídense de la atención médica gratuita, el deporte y la educación, presuntos éxitos, muy cacareados, pero con todo, discutibles, como muchas otras cosas revolucionarias. Ninguno se come.
Cada día, los cubanos se despiertan con la misma apremiante necesidad de “resolver” esos pertinaces escollos. Toda una industria secreta se mueve para cubrir esas necesidades que el Estado todopoderoso ignora a su propio riesgo. La llamada “bolsa negra” no ha cesado de operar desde que se implantó el racionamiento.
Los remedios planteados para esa carestía endémica del sistema, como el mercado paralelo, los mercados libres campesinos, la doble moneda, la distribución de productos por mérito laboral y otros tantos, no han podido saciar la implacable sed de consumo de los cubanos.
¿Qué se hizo de aquella meta ideal de recibir de cada cual “según su capacidad” y dar a cada cual “según sus necesidades”? Andará olvidada, como tantas otras que se han perdido en el camino hacia el socialismo.
Lo que me trae de regreso al tema del huevo más grande del mundo.
Anunciar tan ostentosamente un acontecimiento, que en otros ámbitos no pasaría de ser una nota agrícola curiosa en cualquier página perdida de un periódico, se me antoja una tonta manera de aplacar los ánimos después del discurso de Raúl Castro el 26 de julio pasado.
Tras enterarse de que poco pueden esperar en términos de mejoras económicas, los cubanos deben contentarse ahora con el dudoso orgullo de tener una gallina ponedora excepcional. Una que, desafiando toda lógica en un país devenido manicomio, pone a Cuba en el mapa de las aberraciones, si no en el de la prosperidad.
Parece que a estas alturas Raúl Castro y el Dictador Jubilado se les ha agotado el repertorio de excusas para la miseria. De esta suerte, sólo el milagro de los panes y los peces podría poner remedio a los males que aquejan a la población cubana… si es que todavía quedan panes y peces que multiplicar.


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