
Pobre Carlitos Victoria
Published: April 10, 2008
Un poco tarde me entero de que las pertenencias terrenales del fallecido escritor Carlos Victoria fueron rematados en un “homenaje” que algunos viejos amigos y colegas le dieron en la librería Universal, en Miami.
Pocas pertenencias, en verdad, dejó Carlitos, que siempre llevó una vida austera, dedicada por entero a su religión, que era la literatura. Lástima que el Dios de la Pluma no lo premió con todo el reconocimiento que se merecía. Pero así son la vida y la muerte cuando uno apuesta por la posteridad.
Carlos Victoria: Sus modestas pertenecias rematadas. Foto: Archivo
Se vendieron apenas unos cuantos CD, y bastantes libros. No sé si incluyeron entre estos sus preferidos. La música, por ejemplo, que siempre le gustaba escuchar mientras vivía en Cuba, soñando con San Francisco y las comunas de los hippies. Por desgracia para él, llegó a estas tierras cuando ya toda esa ola refrescante y levantisca había pasado.
Tuvo que resignarse a este valle de lágrimas, como todos. Trabajar, respirar y pagar la renta. Y de paso, en cada rato libre, escribir cuanto podía. La literatura era su familia, su identidad preferida, su amante, todo…
En todo caso, sus pocos bienes fueron rematados hace poco en una venduta que se me antoja vil y mugrienta, indigna de quienes la organizaron. Dicen que su viuda necesitaba liquidar algunas cuentas. En fin… ¿Cuánto pudo haber obtenido? Dudo que ni siquiera $1,000, que en estos tiempos, como se sabe, no es mucho.
Me dio pena leer esto, francamente. Pena y vergüenza. Sé de sobra que Carlitos tenía poco apego por las cosas materiales, pero estoy seguro de que ver su modesto patrimonio personal vendido al mejor postor no le habría hecho mucha gracia. Era camagüeyano, no se olviden de eso, y por lo tanto, un poco maniático.
Supongo que sus derechos de autor habrán quedado fuera de la subasta. Hubiera sido demasiado hacer semejante barbaridad. Aun así, vender de esa manera lo poco que deja un hombre que ha dado tanto a sus semejantes.... ¡Caramba!
De todas formas, quiero aprovechar para soltar algunas cosas que llevo en el pecho hace tiempo, a propósito de los escritores e intelectuales cubanos.
Siempre me ha parecido que han dado poco valor a sus obras. Con excepción de los pintores y los músicos, que sí han aprendido a actuar como profesionales, a vivir de su trabajo, y exigir una justa recompensa por la mucha belleza que nos entregan sus talentos, los demás han quedado enquistados en un universo romántico donde los autores son recompensados en un más alla remoto, donde todos quienes escriben se reunirán algún día a cantar con los angelitos.
Se me antoja que las generaciones de escritores que nos precedieron nos entregaron un malísimo ejemplo. Aquellas ediciones de Ucar y García que costeaban por sí mismos autores que hoy son lectura obligada de académicos y diletantes, y que no iban más allá de los 400 ejemplares, nos han hecho creer que la gloria de las letras termina ahí, y que la posteridad es la única depositaria de las obras que tanto trabajo y angustia cuesta crear.
Cuando pienso en los miles de dólares que han gastado Carlitos y otros escritores cubanos en publicar sus libros, tengo que concluir que se trata de uno de los mayores desperdicios de inteligencia que se ha conocido en la historia de la literatura.
Dar tanto al mundo sin esperar nada a cambio es, para decirlo en buen cubano, una absoluta comemierdería. Si alguien quiere leer mis cuentos, novelas y poemas, o más aún, publicarlos, por favor que pague. No sé cuánto, pero que abra la billetera. De eso vivo, de eso me fortalezco, como cualquier otro hijo de vecino.
Los escritores cubanos deben saber leer entre líneas sobre el destino del pequeño patrimonio de Carlitos. No se debe entregar perlas a los cerdos. No las merecen ni conocen su valor.

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