
Published: June 16, 2010
La manzana de la discordia ha vuelto a madurar entre los cubanos. Un grupo de más de 70 disidentes de la isla enviaron una carta al Congreso de Estados Unidos apoyando el levantamiento de las restricciones de los viajes de estadounidenses a Cuba. Más de 200 ex presos políticos enviaron recientemente otra carta al congresista que impulsa esa medida, criticándole agriamente y fustigando el plan de dar luz verde al turismo norteamericano a la isla.
Pero la pelea no se limita a estas discrepancias paralelas. Muchas voces se han alzado también en el exilio para atacar a los disidentes, acusándoles de dejarse manipular por los factores que, del lado de acá del Estrecho de la Florida, se esfuerzan por flexibilizar el embargo y hasta de levantarlo. Aseguran, además, que la carta incluso no fue redactada por los disidentes, sino por elementos interesados que en Estados Unidos adelantan su propia agenda.
De un lado y otro hay parte de razón.
No me creo ni por un momento que el lenguaje mismo de la carta corresponda a un grupo de disidentes cuyas expresiones y documentos previos no se asemejan, ni en contenido, ni estilo ni en referencias, a la carta que ha provocado tanta polémica. Una misiva que alude a un proyecto de ley estadounidense, incluyendo la numeración asignada por la burocracia de Washington y otras lindezas, no parece haber sido cocinada en la isla, sino entre los grupos de presión interesados que, con toda legitimidad, funcionan dentro de este país.
Se me antoja también que el reiterado criterio de que un aluvión de turistas americanos provocaría cambios democráticos en Cuba es también bastante ingenuo, y que los disidentes tienen temas más inmediatos y urgentes de los cuales ocuparse. Me parecería más legítimo, genuino y creíble, por ejemplo, que los disidentes exigieran al gobierno cubano (y no al de EEUU, que no es el suyo) que abriera las puertas a todos los visitantes y levantara los onerosos requisitos y pagos que impone a los cubanos de ultramar que quieren visitar a la isla.
De modo que sí, creo que tienen razón quienes afirman que alguien instigó interesadamente a estos disidentes a firmar esta carta, justo a tiempo para esgrimirla –como ya lo han hecho- para facilitar la aprobación de la medida en el Congreso, alegando que “el pueblo de Cuba” la apoya. Al mismo tiempo, creo que es hora de dar luz verde a todos los viajes, no porque estos vayan a democratizar a Cuba, como se nos quiere hacer creer, sino porque es un derecho básico de cualquier norteamericano o habitante de este planeta.
Lástima que de este lado de las aguas haya quienes trafiquen con el prestigio de quienes en Cuba arriesgan día a día su bienestar, enfrentándose al régimen, para avanzar sus causas particulares y sus respectivas agendas políticas en Estados Unidos, y que haya quienes también la emprendan contra ellos sólo porque defienden el derecho universal a desplazarse libremente por el mundo. Por esto último aplaudo a los disidentes, pero por dejarse manipular no me queda otro remedio que reconocer en ellos una buena dosis de torpeza e ingenuidad.
Es una agria bienvenida al clima de estira y afloja, y a los entresijos de la política chica, muy propios de una democracia, y los disidentes cubanos –manipulados por una parte y fustigados por la otra- deben tomar nota de esto la próxima vez que vengan a ofrecerles una de estas carticas o proclamas. Créanme: no valen la pena.
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