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La segunda muerte de Walterio Carbonell

Published: April 17, 2008

Ha muerto Walterio Carbonell… por segunda vez, y por última, presumiblemente.
Pocos tienen la buena fortuna de sobrevivir a un obituario, y menos uno escrito por un novelista español como Juan Goytisolo. Pero Walterio era de esa especie rara.
Le conocí en los salones de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, a mediados de la década de 1960. Siempre vestido de traje y corbata, el que ahora llaman “cimarrón de las letras cubanas” todavía apostaba por una apariencia cordial, diplomática. Después de todo, había sido hasta hacía poco embajador de Cuba en Túnez.
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Walterio Carbonell, hace tres años. Foto: Granma
Las malas lenguas contaban que su destino en ese país había terminado abruptamente, cuando en un accidente de tránsito arrolló y mató a un tunecino, y tuvo que abandonar el país, acogido a la inmunidad de su cargo.
Walterio me contó que pasó luego una temporada en París, donde se enamoró de una francesa. Pero debió interrumpir el idilio cuando Fidel Castro le mandó un ultimátum: “Díganle a Walterio que si prefiere la rubia francesa a la Revolución, que se quede en París”.
La conminación no estaba exenta de ribetes racistas, pues Walterio –para quienes no lo conozcan- fue uno de los intelectuales negros cubanos más destacados, y también uno de los más conscientes de su raza y sus raíces a la hora de analizar y, sobre todo, escribir. De otra manera, lo de “rubia” no hubiera importado en lo más mínimo.
La amistad de Walterio con Castro (si es que hay ese tipo de amistad) databa de sus tiempos universitarios. Ambos compartieron la turbulenta década de los 40 en esos predios académicos, donde estudiaban derecho.
Pese a militar en la organización juvenil del Partido Socialista Popular (comunista), Walterio se atrevió a desafiar a su partido y solidarizarse con Castro cuando atacó el Cuartel Moncada, en 1953. Como se recordará, en aquel momento los comunistas descalificaron la acción de Castro como “pequeño burguesa” y “putschista”. Esa solidaridad, expresada en un telegrama dirigido a “El Guajiro” preso en Santiago de Cuba, le costó a Walterio la expulsión y, eventualmente, la fama de “trotskista” que siempre le persiguió.
Anyway,Goytisolo dio por muerto a Walterio en abril del 2005, en un artículo en el diario madrileño El País. Exactamente tres años después, Goytisolo vuelve a escribir el obituario, destacando las vicisitudes del intelectual cubano y su largo exilio interior.
Pero Goytisolo malamente puede hablar de esas cosas con conocimiento directo. La verdad es que, para cuando Walterio cayó verdaderamente en desgracia, el escritor español tenía vedado visitar Cuba.
El primer tropezón de Walterio ocurrió alrededor de 1965, en un salón de conferencias de la Casa de las Américas. Era un acto de acogida a una delegación francesa, con activistas políticos, sindicalistas y toda esa fauna. El inefable Roberto Fernández Retamar cantaba loas a la política cultural del régimen desde una mesa presidencial, cuando de pronto le interrumpió una voz que surgió del público.
“Nada de eso es verdad”, dijo alguien. Era Walterio, que se había puesto de pie y pedido la palabra. Y a continuación, recitó la larga serie de medidas represivas que en el campo cultural había acumulado el régimen desde 1961.
Hubo gran conmoción y debate. Todos querían saber quién era el que hablaba. Alguien me contó que Fernández Retamar tuvo que excusarse para ir a vomitar al baño. Días después, Walterio me contó que fue citado a la oficina del entonces ministro de Educación Armando Hart, quien le dijo que, si volvía a hacer algo semejante, “otros organismos” se ocuparían de él.
Y, en efecto, así fue. Walterio desoyó esta amenaza y siguió hablando hasta por los codos. Continuamente se reunía con intelectuales extranjeros y no ocultaba su desacuerdo con la política cultural castrista. Sus críticas provenían de su tradicional posición de izquierda y de su defensa firme del aporte de los negros a la historia y la cultura nacionales. Siendo aquellos los agitados 60, esto lo emparentaba con el Black Power y otras tendencias que recorrían, como fantasmas, el mundo de ese entonces.
Castro enarbolaba a la burguesía criolla blanca del siglo XIX como génesis de su revolución, al decir “ellos, ahora, hubieran sido como nosotros; nosotros, entonces, hubiéramos sido como ellos”. Para Walterio, en cambio, la raíz de cualquier revolución verdadera estaba en los esclavos cimarrones, en el frustrado alzamiento de esclavos liderado por Aponte, y en el movimiento de los Independientes de Color, reprimido a sangre y fuego a comienzos del siglo XX.
Nada de esto le gustaba a Castro y nada de esto le perdonó. En 1968, la Seguridad del Estado arrestó a Walterio, y como gesto “generoso”, tras meterlo en un calabozo, se decidió no someterlo a proceso, sino mandarlo a trabajar en una granja durante dos años en la provincia de Camagüey.
De esa experiencia regresó demacrado y abatido sicológicamente. A su regreso, tenía la mirada extraviada y una manía persecutoria que lo llevaba a ver informantes de la Seguridad hasta debajo de su mesa. Casi vivía de las dádivas de sus amigos y de la buena voluntad de su familia. Ya no vestía de traje y su apariencia se deterioró.
La última vez que me tropecé con él en La Habana fue fugazmente, a fines de abril de 1980, en la calle Belascoaín, cerca de donde él vivía. Yo acababa de salir de la embajada de Perú, donde yo y mi familia habíamos buscado refugio con otros 10,000 cubanos. Andaba con salvoconducto, a la espera de mi permiso de salida… y muy apurado.
Walterio tenía la misma mirada perdida y el pelo encrespado, rebelde. Casi no me reconoció.
“Walterio”, le dije. “Me voy del país”.
“¿Del país?”, preguntó, como un eco.
“Sí, nos metimos en la embajada”, expliqué.
“¿Y adónde se van?”, preguntó.
“A Estados Unidos, adonde sea”, le dije.
Calló un momento y después me dijo:
“¿A Estados Unidos, con el racismo que hay allí?”.
“No me importa”, le dije.
“¿No te importa el Ku-Klux-Klan?”, preguntó.
“Ni el Klan, ni el Klon ni el Klun”, le dije. Y me despedí.
Nunca lo volví a ver en persona. Años después, alguien me dijo que padecía de mal de Parkinson, pero que le habían dado empleo en la Biblioteca Nacional de La Habana, donde pasaba todo el día escribiendo ensayos e investigaciones que luego desaparecían misteriosamente de su oficina.
Su última fotografía, que publicó el diario Granma, es la viva estampa de un hombre derrotado, pero no creo que estuviera también vencido. En la entrevista que le hicieron, para demostrar que Goytisolo había exagerado las noticias de su muerte, Walterio se muestra tan locuaz como en otros tiempos, y por supuesto, feliz de seguir respirando.
La intelectualidad negra cubana, ayuna de talentos semejantes en estos tiempos, ha sufrido una enorme pérdida. Cuba también. Es una lástima.


Reader Comments

Por (veguita) on May 03, 2008

Menos mal que alguien se digna a hablar con conocimiento de causa del pobre Walterio, porque luego de la noticia de su muerte, unos tergiversan la gran tragedia de su vida despues de los sesenta, y otros, que le conocieron bien, prefieren pasar la noticia por alto. como bien dices, Cubanazo, una gran lastima, para Cuba, para todos nosotros.

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