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La muerte después de la muerte

Published: October 02, 2009


‘Parlamentario’ y poeta.
En aquellos tiempos, Cintio Vitier vivía. Lo recuerdo perfectamente, aunque era tan niño entonces como su primer hijo, Sergio. Mi padre, Emilio Ballagas, me llevó a su casa varias veces. Nuestras casas distaban apenas dos o tres cuadras, las dos cerca del Parque Mendoza, en el vecindario de la Víbora.

Me causaba admiración la casona de los Vitier, amplia y de dos plantas, con un patio donde Sergio y yo jugábamos mientras nuestros padres hablaban seguramente de poesía, de política, o qué sé yo, de las cosas que suelen hablar los escritores y los poetas durante esas cálidas tardes habaneras, tomando champola.

Pero digo que Vitier vivía entonces, no precisamente porque murió hoy, sino porque creo que murió mucho antes de este día en que me entero de que ha fallecido, no sólo un poeta y ensayista brillante, sino nada menos que un ganador del Premio del Consejo de Estado de Cuba, que como se sabe, presidía Fidel Castro cuando se le otorgó el aciago reconocimiento.

Bueno, decía que Vitier vivía por aquellos tiempos, mucho antes de que el ahora Dictador Jubilado lo condecorara. Vivía y daba fiestas. Recuerdo una, el cumpleaños de Sergio, adonde acudió un colorido muestrario de nuestros literatos y su prole. Uno de quienes alegró esa fiesta fue nada menos que el poeta Roberto Fernández Retamar, quien con un turbante en la cabeza hizo magia de naipes para deleite de los niños que estábamos allí.

Ah, qué burguesa y deliciosa remembranza…

El cardenal Jaime Ortega Alamino, leo ahora, asistió a los funerales de Vitier. Una revista de laicos católicos elogió al fallecido igualmente. No me asombra, tratándose de uno de los grandes escritores católicos cubanos, quien además fue durante un tiempo “parlamentario” en eso que llaman Asamblea Nacional del Poder Popular.

Pero fue precisamente en calidad de “parlamentario” que Vitier publicó una ácida carta contra la jerarquía de su propia Iglesia, cuando Ortega y la Conferencia Episcopal de Cuba divulgó en 1993 su modesta carta pastoral El Amor todo lo Espera. Modesta, sí, porque escasamente podría considerarse “contrarrevolucionaria”. Una pastoral que apuntaba sin ceguera al saldo de 34 años de dictadura y constataba que: “Hay descontento, incertidumbre, desesperanza en la población”. También llamaba a un diálogo nacional franco, sin odios, para un futuro de reconciliación.

Vitier, en un artículo publicado en el diario oficial Granma, criticó en aquel momento a su Iglesia por proponer, según él, con la pastoral, “una diversidad irresponsable y un diálogo idílico”.

¿Pero cuándo murió Cintio Vitier? ¿Hoy o ayer? ¿Cuando publicó aquel artículo? Me pregunto esto recordando los primeros años de esa década del 60, cuando Cintio hacía febriles y vanas gestiones por sacar a Sergio del país, y luego ponerlo a salvo, de cualquier manera, del servicio militar obligatorio. O cuando se reunía en Madrid a escondidas con su viejo amigo, el poeta exiliado Gastón Baquero, o escuchaba y después rechazaba propuestas de una cátedra en México, como exilio aterciopelado.

Creo que murió después, casi al término de esos años, en 1968. Se cansó de resistir, supongo. Un día me tropecé con él, por azar, en un ómnibus de la ruta Víbora-Párraga. Lo vi entrar, vestido casi en harapos, con un sombrero de guajiro y una cantimplora, todo cubierto de tierra colorada y fango. Nos saludamos, pero supuse que venía de un “trabajo productivo”, y no hablamos o no quisimos siquiera hablar. Antes de apearse, cerca de la parada del mismo Parque Mendoza, se despidió con un mudo gesto y más nunca nos volvimos a ver. Luego, publicó un poema laudatorio sobre el asesino Che Guevara.

Con Vitier, me parece, muere una generación literaria fructífera y brillante, pero también oportunista. Hay algo de bueno y malo en todo hombre. Vitier no fue excepción. Sus acciones, a fin de cuentas, serán juzgadas por Dios y por la Historia. Pero no, no murió hoy. Murió hace años, de la misma “muerte civil” que una vez, en un ensayo, decretó sobre el poeta José María Heredia.


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