
Published: April 23, 2009
Primero lo tildó de arrogante. Más tarde, de “áspero y evasivo”. La última vez, le atribuyó autosuficiencia y superficialidad. ¿Qué más viene?
Poco a poco, el Dictador Jubilado va empujando al presidente Barack Obama hacia su rinconcito favorito: el del diablo personificado. Lo hace periódicamente en sus “reflexiones” o con la ayuda de alguno que otro de sus amanuenses latinoamericanos.
Daniel Ortega, de Nicaragua, anduvo por Cuba contando chismes de la Cumbre de Las Américas: cómo le hicieron esperar tres horas en un caluroso avión, por culpa de Obama y sus adulones, y cómo Obama “se movía por todas partes, buscando a las personas para influir sobre ellas, sugestionándolas con su poder y sus halagos”.
La popularidad del nuevo presidente estadounidense, aun dentro de la isla, debe tener desquiciado al Comanvaleciente. Las encuestas secretas que el Ministerio del Interior hace entre los habitantes han de haber disparado este mecanismo protector seguramente. Satanizar a Obama quizás sea ahora la tarea más importante para el aparato de propaganda castrista.
Si levanta los límites a los viajes y las remesas de los cubano-estadounidenses, le planta cara para defender el exorbitante impuesto del 20% al dinero que reciben los cubanos de la isla. Si Obama tiende rama de olivo, le devuelve rama de esparto.
En su última reflexión, el Tirano Retirado hizo incluso algo insólito: interpretar las palabras de su propio hermano a propósito de un supuesto diálogo con el presidente Obama. “Conversar de todo” no quería decir, después todo, negociar, sino sólo eso, hablar… y con “valentía”, no faltaba más. Es decir, que donde Raúl dijo dijo, Fidel dijo Diego. Y santas pascuas.
Un periódico de Miami lo calificó de “portazo”, al menos en un titular y un poco exageradamente. Pero la puerta no se ha cerrado de golpe; simplemente se ha quedado donde siempre, cerrada con llave. Nadie la ha tirado. Quien tocó, sólo oye ruidos adentro y alguien que dice “voy”, pero nunca llega.
Entre tanto, Castro continúa la delicada tarea de convertir a Obama en el mismo monstruo fascista que antes fueron Bush, y Clinton, y todos los demás. Debe, sobre todo, desalentar a los cubanos de toda simpatía por el diablo, pintándole poco a poco los cuernos, el rabo y el tridente. No faltaba más: el Tío Sam no puede convertirse nunca en el Tío Ben.
La forzada metamorfosis, sin embargo, tomará tiempo. No es cosa de dos días empezar a llamarle “millonario analfabeto”, como le dijo una vez a Kennedy. Pero para cuando Castro termine con él, estamos seguros, a Obama le va a pasar como a Nixon: el diario Granma escribirá su nombre con una esvástica.
Y así se habrán evaporado tantos sueños de convivencia.
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