
Published: October 25, 2009
Han pasado 50 años y nadie se pone de acuerdo.
Estamos a fines de octubre y parece que llegó el momento esperado por todos ustedes, el de desentrañar, por enésima vez, el misterio de la desparición de Camilo Cienfuegos.
Sí, señor, los americanos tienen el asesinato de Kennedy, pero nosotros los cubanos no nos quedamos atrás. El caso de Cienfuegos da más piruetas de las que pudo dar Lee Harvey Oswald, o la bala que mató al presidente estadounidense. Ah… y si no nos bastara con el enigma de Cienfuegos, siempre podemos sacar a pleitos el suicidio de Eduardo Chibás, el Adalid de Cuba. ¿Alguien se acuerda?
Yo, sí. Era muy niño y corría el año 1952, pero no se me olvida escuchar a mis dos abuelas mientras discutían en la sala de mi casa las raras circunstancias de la muerte del candidato presidencial Chibás, quien prometió pasear una guillotina por toda Cuba para acabar con la corrupción administrativa.
Mi abuela paterna era fanática de Chibás y no se perdía cualquiera de sus incendiarios discursos. Lo escuchaba puntualmente por radio todos los días. Estaba oyéndolo, por cierto, dar el último de sus discursos, llamado El Aldabonazo, cuando ocurrió lo indecible.
A muchos de los que vivimos hace tiempo en Estados Unidos el gesto de Chibás nos ha de parecer a estas alturas cercano a la demencia. Pero a mi abuela paterna, como a numerosos cubanos, la emocionó mucho. Imagínense: Chibás se disparó un tiro en la barriga en plena faena oratoria… y murió horas después de una peritonitis.
“No soportaba más tanta desvergüenza”, mi abuela paterna decía.
Mi abuela materna, a quien Chibás no le importaba ni en un sentido ni en otro, aseguraba, sin embargo, que lo del suicidio era dudoso. ¿No hubiera resultado más lógico que se disparara un tiro en la sien? ¿No decían, acaso, que alguien, quizás un enemigo embozado, le había empujado mano y la pistola, cuando sólo se quería herir a sedal?
“¡Qué va! ¡No diga eso, por Dios!”, exclamaba mi abuela paterna, persignándose.
Y así, la polémica no tenía fin. Todavía hasta estos días algunos disputan aquellos hechos. Pero Chibás murió, ni más ni menos. Lo mismo que Camilo Cienfuegos, de cuya desaparición se conmemoran cincuenta años este 28 de octubre. Incluso El Nuevo Herald de Miami publicó un largo artículo explorando todas las teorías.
Que si Fidel Castro mandó que echaran abajo la avioneta en que viajaba; que si murió en un intercambio de disparos en el curso de una discusión acalorada con los hermanos Castro… Todos coinciden aparentemente en una diferencia de opinión con Fidel y Raúl sobre el rumbo que seguía la revolución en aquel momento de definiciones.
Hay quienes aseguran que Cienfuegos no era comunista y no veía con buenos ojos que el gobierno metiera en la cárcel al Comandante Húber Matos, a quien le mandaron a arrestar poco antes de que desapareciera o lo desaparecieran. Otros afirman que, aunque permanecía fiel a los Castro, no le agradaban los cambios acelerados que estos hacían en el Ejército Rebelde.
No sé cómo mataron a Cienfuegos, ni me interesa a estas alturas conjeturar sobre el tema. Lo cierto es que no expiró por causas naturales y la desaparición de su avioneta Cessna mientras volaba de Camagüey a La Habana resultó demasiado conveniente como para ser una coincidencia. Pero también es verdad que Cienfuegos provenía de una familia de vieja filiación comunista y hubiera resultado extraño que sus opiniones fuesen demasiado diferentes de las de su hermano, Osmany Cienfuegos, que se ha mantenido junto a los Castro hasta el día de hoy.
Más lógico parecería decir que Cienfuegos le hizo sombra a Fidel, y eso, bajo su régimen gangsteril, es un pecado mortal. Si no, pregúntenle a tantos “mártires” que cobraron excesivo protagonismo: Frank País, y hasta el mismísimo Che Guevara. Todos acabaron muertos, algunos en olor de santidad revolucionaria. Las malas lenguas dicen que a propósito. ¿Quién sabe? Pero el Máximo Líder no admite competencia, y aun hoy, como Dictador Jubilado, no permitiría que nadie opacara o suplantara su liderazgo.
Así que es hora de conjeturar otra vez, amigos, mientras en Cuba los escolares acuden al mar para “llevar flores a Camilo”. Eso sí, no dejen que nadie se burle de ustedes diciendo que los cubanos son especialistas en hablar y discutirlo todo. Los americanos se las traen también. Si quiere, haga la prueba y eche al aire el tema de Kennedy en cualquier fiesta donde haya gringos presentes. Verá que cada uno tiene, por lo menos, una o dos teorías de conspiración.
No hay que ser cubiche para hablar cascarita de caña.