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Una polémica predecible

Published: April 11, 2010

Lo mejor: Poner sus palabras de cabeza.

El Cubanazo confiesa que ha seguido con desgano la reciente polémica entre el cantautor Silvio Rodríguez y el escritor exiliado Carlos Alberto Montaner. Era tan predecible: Rodríguez, con su habitual ambigüedad, dando apoyo irrestricto a las políticas y desmanes de un régimen anácrónico y, a todas luces, en pleno estado de descomposición; Montaner, como de costumbre, elocuente y puntual, pero a un tiempo inoperante, pues las palabras cruzadas entre uno y otro sólo se conocerán en su totalidad de este lado del charco. Allá, en la isla, donde cuenta que se escuchen, la audiencia permanecerá aislada y, por lo tanto, ignorante de lo que contestó Montaner, por muy acertado que fuera en sus argumentos.

Aprovecho, pues, para poner mi granito de arena en este pleito, y para exponer las razones que tengo para considerar a Silvio Rodríguez uno de los mayores farsantes de la historia de Cuba. Un farsante de talento, hay que decirlo, pero estafador al fin.  A los reclamos que Montaner hace al artista opongo la realidad ineludible de los hechos, porque Rodríguez nunca ha sido, como muchos creen, un portaestandarte de la inconformidad juvenil.

Baste con recordar un oscuro episodio de su biografía política. En 1970, cuando la rebeldía de los hippies cubanos empezó a provocar la inquietud de los cuerpos represivos y las melenas estaban tan prohibidas como hoy lo están las marchas de las Damas de Blanco, tuvo lugar un “encuentro” entre representantes de las autoridades castristas y los hippies, presuntamente para discutir disferencias e intercambiar criterios. El evento tuvo lugar en el Instituto Preuniversitario del Vedado, y uno de los argumentos de los voceros oficiales en aquel momento fue que los melenudos no aportaban nada al proceso revolucionario al deambular por calles y esquinas mientras sus compatriotas cumplían tareas heroicas en los cañaverales, en medio de la llamada “Zafra de los 10 Millones”.

Alguien sugirió que el partido de la melena estaría dispuesto a sumarse a los cortes de caña de azúcar si Silvio Rodríguez acudía con ellos a esta tarea. El cantante se prestó a ello y en cuestión de días los hippies se hallaban compartiendo un barracón con él, felices de que su héroe aceptara estar con ellos. Una semana después, el cantante colgó su machete y anunció que tendría que ausentarse un par de días para cumplir ciertos compromisos en La Habana, y no bien Rodríguez partió, efectivos de la Seguridad del Estado llegaron al barracón de melenudos, lo rodearon, y cargaron en ómnibus con todos los que estaban allí. Muchos fueron a parar a la cárcel; otros, a granjas de castigo. Y así, el papel de Silvio Rodríguez como aglutinador de elementos desafectos y carne de presidio quedó más claro que el agua.

A mí Silvio Rodríguez me ha recordado siempre a otro falso disidente que la antigua Unión Soviética esgrimía ante los auténticos detractores del comunismo: el poeta Evgueni Yevtushenko. Mientras Sájarov, Solzhenytsin y otras voces se alzaban contra la opresión del Krémlin, Yevtushenko se paseaba por los cenáculos literarios globales, como presunto símbolo de la gran libertad que existía en la URSS. Fue un cuentecito muy bien montado, y no pocos se lo creyeron, como todavía muchos se creen la falsa leyenda contestataria de Silvio Rodríguez. Pedirle, pues, al cantante que condene al régimen castrista es pedir peras al olmo, o mejor, honestidad al bandolero.

“Si este gobierno es tan malo, ¿de dónde ha salido un pueblo tan bueno?”, se preguntó Rodríguez hace poco en un concierto paniaguado, convocado para defender al régimen del repudio internacional. Montaner no le dijo esto, pero El Cubanazo, un poco más ducho en argumentos quizás, le hubiera respondido con la misma pregunta, puesta de cabeza: “Si este pueblo es tan bueno, ¿de dónde ha salido un gobierno tan malo?”. 


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