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Una meditación -qué vamos a hacer- tardía

Published: November 14, 2009


Consigna de hoy: Más de lo mismo.

Me acuerdo todavía de aquel letrero, como si lo estuviera viendo hoy.

Estaba pintado en uno de los muros del Quinto Distrito, un puesto militar en el vecindario habanero de La Víbora, donde me crié y residí muchos años. Lo veía casi a diario, cuando pasaba por ese lugar caminando rumbo a la escuela, o en ómnibus a cualquier otro sitio. Me alegro de que no se me haya olvidado, casi 40 años de después:

SOLO LOS MARTIRES TIENEN DERECHO, NOSOTROS SOLO DEBERES

El rotulista había puesto gran empeño en trazar las gruesas letras, pintándoles bordes de un colorado resplandeciente. Tampoco había atribuido la frase, aunque en Cuba toda sentencia patriótica tan lapidaria suele achacársele a José Martí. Es como la sagrada escritura, desgraciadamente.

Aun a mi corta edad, pues sería casi un niño, el letrero debió parecerme un signo ominoso de la debacle que se avecinaba. Pero corrían los primeros años de la revolución y todas esas sentencias se nos antojaban pensamientos profundos, gloriosos.

Pasaba, pues, por aquel sitio y meditaba solamente sobre la gran suerte de vivir inmerso en un momento histórico peculiar que nos transformaba a todos en agentes del futuro, en sacrificados ciudadanos de una zona particularmente feliz del planeta.

Huelga de decir que me equivocaba; nos equivocamos.

Décadas después, más viejo y quizás un poco más sabio, comprendo que aquel letrero, más que honda filosofía, encerraba una terrible advertencia. Porque, vamos a ver, si sólo los mártires tienen derechos, sólo los cadáveres pueden reclamarlos, ¿no les parece? Y es de sobra conocido el silencio de los muertos.

Los vivos, es decir, nosotros, tendríamos que conformarnos con cumplir órdenes en el enorme ejército para el cual nos habían reclutado más o menos voluntariamente. ¡Y ay del que se atreviera a reclamar algo al comandante, mucho menos cualquier derecho, porque de golpe se convertiría en martir!

Triste destino el de los sobrevivientes. Las consignas, por más que pase el tiempo, son simples cortinas de humo para adormecer nuestra razón. Qué tarde me doy cuenta de esto.


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