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‘Tarjeta negra’ a ministro

Published: April 23, 2008

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‘Egoísmo, autosuficiencia, vanidad’. ¿Será el mismo?

La reciente destitución del ministro de Educación de Cuba, Luis Ignacio Gómez, trajo cola. Bueno, más bien su “colita”, porque no estamos hablando de algo espectacular, ni mucho menos insólito en la isla.
Al anunciarse el reemplazo de Gómez, el diario Granma no se molestó en explicar las razones, cosa que no asombró tampoco a nadie. Como se sabe, en Cuba las cosas pasan porque pasan. Ni preguntes.
Eso sí, apenas 48 horas después, Fidel Castro se dio a la tarea de explicar, con lujo de detalles, los motivos de la destitución, en una diatriba que no deja lugar a muchas dudas sobre el futuro del funcionario. Tras los ataques furibundos del Coma Andante, Gómez está en un lugar peor que en la cárcel o el plan “pijama”, se los aseguro. Más le valiera no haber nacido.
De acuerdo con Castro, Gómez “estaba realmente agotado”.
Hasta aquí, todo más o menos bien. Se diría que el pobre hombre había dado lo mejor de sí y el Partido, generoso e inmortal, lo destinaba ahora a una finca de reposo. Pero no.
“Había perdido energía y conciencia revolucionaria”, agregó el Máximo Líder Convaleciente. “En el transcurso de 10 años viajó al exterior más de 70 veces”.
En “los tres últimos, lo hizo con la frecuencia de un viaje por mes, utilizando siempre el pretexto de la cooperación internacional de Cuba”, agregó.
“Por este y otros elementos de juicio no se tiene ya confianza en él; más claro todavía: ninguna confianza”, concluyó.
Bueno, en vista de las últimas noticias sobre las “reformas” que Raúl Castro tiene en cocina, el ataque al ministro defenestrado cobra un perfil interesante. La realidad es que viajaba “demasiado”.
Saquemos cuentas con un mocho de lápiz: A razón de 70 viajes en 10 años, una simple división arroja la muy envidiable cifra de 7, es decir, 7 viajes por año para alentar la cooperación internacional educativa.
Nos dijeron hace poco que entre las próximas medidas renovadoras raulistas viene la eliminación del permiso de salida que necesitan los cubanos para abandonar su paraíso. Pero el ex ministro, desde mucho antes, parece que ya había tomado la justicia por su cuenta, como se dice vulgarmente. ¡Siete viajes al año, ni más ni menos! ¿Habrán sido a Roma o a París?
Fidel no lo dice. Pero no cabe duda de que su artículo saca a flote algo que el cubano de a pie sabe desde hace mucho rato: En Cuba las prohibiciones existen para acrecentar el valor de todos los privilegios de que goza la casta gobernante. A todas luces, el ex ministro nunca necesitó una “tarjeta blanca” para embarcarse. Ni tuvo que hacer fila para comprar sus alimentos. Ni siquiera le faltaron un tubo de pasta de dientes ni zapatos cómodos. Para algo era ministro y militante del glorioso Partido Comunista. “Era”, recalco, porque ahora el Jefe le dio a Gómez una “tarjeta negra”, con la que poco se puede hacer, excepto pegarse un tiro en la sien o montarse en una balsa rumbo a Miami.
En todo caso, no pude evitar reírme a carcajadas cuando leí otra parte de la monserga del Convaleciente: “No me resignaré jamás a la idea de que al poder se aspire por egoísmo, autosuficiencia, vanidad y supuesta imprescindibilidad de cualquier ser humano”.
Caramba. Se diría que la proximidad de la muerte lo ha transformado. ¿Querrá acaso viajar?


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