
Published: January 28, 2010
Sucede periódicamente, sin fecha fija, como si no hubiera itinerario para estas farsas.
Me refiero a esas reuniones que, de cuando en cuando, el régimen del Dictador Agonizante celebra con lo que dulce y neutramente ha bautizado con el nombre de “emigración”.
Y no es que emigrado sea una mala palabra. Todos lo somos cuando optamos por vivir en patria ajena. Pero las razones para emigrar son muy diversas. Mientras algunos lo hacen por mejorar su condición económica, otros lo hacen por pura desesperación… o incluso pura necesidad de supervivencia.
Al régimen castrista nunca le ha hecho mucha gracia que los cubanos lleguen a Estados Unidos y otras partes del planeta con papeles de refugiados. Ciertamente, un creciente número se vale ahora de los lazos familiares e incluso profesionales para establecer su residencia en el extranjero. Los conozco y no tengo que reprocharles.
Pero tratar de negar que la llamada “emigración” cubana no tiene raíces eminentemente políticas, y que una gran mayoría de los que abandonan la isla lo hacen para escapar de la férrea garra política que en Cuba les impide expresarse libremente, crear empresas propias y hasta entrar y salir libremente del país donde nacieron, es como querer tapar el sol con un dedo.
Y es este leve detallito precisamente el que diferencia a los cubanos de la diáspora de otros emigrantes. Un mexicano, por ejemplo, que emigra legal o ilegalmente a Estados Unidos o cualquier otro país es siempre bienvenido, sin visa y sin permiso, en la patria de Juárez. Para los cubanos, empero, existe la figura legal de “salida definitiva”, que sella su destino como exiliado, y no emigrante a secas.
¿Y este leve detallito se los debemos a quién? Pues al Dictador Agonizante, ni más ni menos, que desde hace mucho impuso la “salida definitiva” como fórmula para calificar a quienes abandonan su paraíso y todas sus presuntas ventajas, para probar mejor suerte y aires más libres en tierras extrañas. ¿No los calificó también, desde hace mucho, como “apátridas”? Claro que sí.
Entonces, estas reuniones entre la “emigración” y el régimen de La Habana resultan, ni más ni menos, que reuniones con quienes, después de huir despavoridos del régimen en un momento dado, han optado por hacer las paces con él y declararse “emigrados” sin opinión adversa a sus antiguos perseguidores.
Este es su derecho, y lo respeto. Cada quien es dueño de definirse como quiera en un país libre. El político y periodista Max Lesnik, por ejemplo, es una buena muestra de este paradigma, pues de no haber puesto pies en polvorosa en los 60, sin duda hubiera terminado en la cárcel o algo peor, por sus ideas e intenciones políticas de entonces. Ahora, sin embargo, Lesnik se halla en La Habana dispuesto a conversar con sus ex enemigos. Enhorabuena.
Pero de ahí a afirmar que la mayoría de los cubanos de la diáspora han hecho las paces con el régimen va un gran trecho. No todos –aunque viajen de visita a la isla y manden remesas as sus familiares de allá- se consideran partidarios del gobierno cubano ni creo que ese mismo gobierno los considere sus amigos actualmente. Quizás no sean activistas ni personalidades públicas del anticastrismo, pero la mayoría no alberga simpatías por quienes detentan el poder en Cuba hace más de medio siglo. De hecho, todos tienen que pedir una visa para sólo visitar su país natal, algo que indica que las sospechas de “infidelidad” todavía pesan sobre ellos.
En fin, hay sólo algo que ha salido de todas estas reuniones con los presuntos representantes de la emigración: nada. Una vez, la primera, a fines de los 70, liberaron a unos miles de presos políticos. Después, las reuniones se han limitado a conferencias, discursos y comelatas. Y quizás a algún que otro conciliábulo para impartir instrucciones a los más afectos.
La historia se repite como un disco rayado. De modo que El Cubanazo no tiene esperanzas de que en fecha próxima se convierta en un simple emigrantes, cosa que le encantaría, porque significaría que Cuba ha cambiado y ya no tiene que temer algo de sus gobernantes, sus embajadas, consulados y marionetas. Dios lo quiera, pero habrá que esperar mucho para eso.