
Published: September 21, 2009
¿Quién lo iba a decir?
Mientras Juanes y el resto de los artistas participantes en su concierto hacían una reverencia final en la tarima, y los últimos fulgores del sol anunciaban el fin de aquella tarde habanera, la mano temblorosa del general Raúl Castro empuñaba una Montblanc para firmar un documento que, apenas un día antes, no hubiera imaginado que iba a firmar: Un decreto liberando a centenares de presos de conciencia y declarando abolido el socialismo en la isla de Cuba.
Al mismo tiempo, en otro lugar no identificado, cuatro hombres uniformados de verde olivo empujaban la silla de ruedas de un anciano delirante hacia un rumbo desconocido. El anciano, vestido con un traje de ejercicios de Adidas, no cesaba de manotear y murmurar incoherencias. “Juanes… Juanes… Juanes...”, se le escuchaba decir, mientras se lo llevaban.
Entre tanto, un pequeño grupo de funcionarios en el aeropuerto de La Habana comenzaba a aleccionar a los empleados sobre la enorme tarea que se les venía encima. Desde ese mismo día, la terminal aérea estaría abierta a todos quienes quisieran partir, y a todos los nacidos en Cuba que llegaran de visita. Los aduaneros, policías y guardamaletas abrían los ojos, asombrados.
En las calles de La Habana y las capitales de provincia la noticia corre ya de boca en boca. Nadie dice específicamente qué ha ocurrido, pero se escucha un comentario continuo que tiende a repetirse: ¡Se acabó! ¡Se acabó! ¡Se acabó!
Y mientras soldadores y carpinteros se dan en La Habana a la tarea de desmontar el entarimado del recién concluido concierto, un jet particular aterriza en el Aeropuerto Internacional de Miami. Al abrise su puerta, desembarca el cantante Juanes, a quien un par de hombres vestidos de negro y con gafas oscuras se llevan directamente a un conspicuo y enorme SUV.
El auto parte y atraviesa velozmente la ciudad, hasta desembocar en un cul de sac pletórico de jardines y florecitas, en el vecindario llamado Kendall. El pasajero es conducido después al interior de una casa de apariencia elegante pero sencilla. Los hombres de gafas oscuras lo depositan en una habitación que tiene visos de oficina. Del otro lado de un buró, una sonrisa de oreja a oreja, muy familiar, le da la bienvenida.
-Señor presidente… –murmura Juanes.
Con un simple gesto, Barack Obama le hace prescindir de toda formalidad. Mission accomplished, se limita a decir.
-Así es –afirma Juanes. Y de golpe, como en las películas de Misión Imposible, se despoja rápidamente de su máscara.
Agitando el pelo, aflora enseguida la faz verdadera del supuesto cantante: es la secretaria de Estado Hillary Clinton.
-No fue fácil –dice- Apenas sé cantar, pero…
-Es lo de menos –contesta Obama- Lo importante es que cumplió, sin hacer un disparo y sin derramar una gota de sangre. Olga Tañón ni se enteró.
Los dos estallan en una carcajada.
-Gracias a Dios –afirma la Secretaria al fin- Ya Cuba es libre…
En la isla, mientras tanto, multitudes de ciudadanos se lanzan a las calles a celebrar, agitando camisas negras en vez de banderas.
¿Lindo sueño, eh? Pero como diría Calderón de la Barca: “Los sueños, sueños son”.