
Published: October 31, 2009
No es bueno perder el tiempo.
No voy a leer el libro de Juanita Castro. Después de enterarme de que su gran revelación consistía en que la hermana del Dictador Agonizante había colaborado con la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, concluí que no tenía algo nuevo que decirme, y lo relegué al baúl del olvido, como tantas cosas.
El Cubanazo no tiene una fuente secreta en Langley, se los advierto, pero a los pocos meses de llegar a este país, hace casi 30 años, y con todo y ser un simple marielito, ya se había enterado de los vínculos de Juanita Castro con la CIA, antes y después de su exilio en 1964. Me lo contaron todo entre risas y tragos. Así que gracias, pero no.
Hubiera sido mejor que Juanita confirmara otro secreto a voces, el de la dudoda paternidad del Dictador Sustituto. Al menos hubiera sido una revelación sobre la que muchos hablan, pero a la que nadie da sustancia. Vamos, una verdadera novedad. Pero, ¿la CIA? ¿A estas alturas con ese recado?
No me puedo explicar, eso sí, por qué en estos tiempos, para vender un libro, haya que recurrir a una treta tan vieja como anunciar la revelación de un secreto que todo el mundo conoce. Es incluso contraproducente, porque insulta la inteligencia del lector potencial, ¿no les parece?
Si alguien todavía no sabe que la gira relámpago de Juanita Castro por América Latina, poco después de exilarse, fue costeada por ese servicio de inteligencia, y quién le sirvió de edecán en esos menesteres, es que ha estado viviendo en la Luna o en otro lugar más remoto.
Desde luego, hasta cierto punto, me agrada que la vida del Dictador Jubilado y su familia se hayan convertido en comidilla para libros chismosos. Resultaría patético, además, si no fuera un clan que ha tenido tan trágicas repercusiones en nuestras vidas. Pero aunque soy curioso como el que más, me niego a comer de ese platillo.
Léanlo ustedes si quieren. Yo no voy a perder mi tiempo.