
Published: August 14, 2009
Pánfilo, el hombre que pidió “jama” a gritos en un video que se esparció como pólvora por YouTube (lo que ahora se llama divulgación “viral”), recibió a cambio presidio en vez de alimento. El régimen del Dictador Jubilado lo condenó hace poco a dos años de cárcel, según varios informes, a tenor de la Ley de Peligrosidad Predelictiva.
Es un cómodo recurso. Acusar de borracho y vago a alguien que simplemente dijo a gritos lo que la mayoría de los cubanos afirman en voz baja o sólo con el pensamiento.
No puedo decir que fui amigo de Juan Carlos Marcos González –el nombre de pila de este infeliz cubano- pero fui su vecino durante casi siete años. Compartimos el mismo edificio en la calle Tercera entre C y D, en el vecindario del Vedado, en La Habana.
Su madre era Berta, una señora flaca como un güin y nerviosa como un rollo de alambre, que se paseaba continuamente de un lado a otro de la cuadra con un cigarrillo en los labios. No tenía pelos en la lengua, y por supuesto, nadie se la quería buscar.
En todas partes, incluso en las asambleas del vecindario, pedía a menudo la palabra para despotricar contra todo lo humano y lo divino (dejando fuera a ciertas fieras intocables, claro está), y para quejarse de todos los desastres que crecientemente aquejaban al lugar.
En no pocas ocasiones Berta clausuró ella sola una reunión política “importante”, afirmando que tenía que irse a ver la televisión. Recuerdo aquella vez que dijo, por toda explicación: “Hoy canta Barry White”. Disfrutaba, al parecer, de esa leve impunidad que en toda parte se otorga a los chiflados.
Por aquel entonces, Pánfilo –así le decían ya, ignoro por qué- era un muchachito que estudiaba secundaria. No llegué a tratarlo mucho, porque la Seguridad del Estado me llevó preso apenas dos meses después de mudarme a aquel edificio. Pero varias veces lo vi regresar de la escuela, vestido de uniforme, y con un pelo “afro” enorme que seguramente añora en estos tiempos.
Cuando salí de la cárcel varios años después, supe que se había hecho marino mercante. Se echaba de ver por la ropa de poliéster que vestía entonces. Su madre andaba exhibiendo unos zapatos tenis que su hijo le había traído (ella les llamaba “popis”), lo único extranjero, por cierto, que se ponía. Todo lo demás era de estrafalaria factura nacional.
Nunca supe que Pánfilo tuviera tendencias “diversionistas” ni afición política alguna. Y por supuesto, nunca las indagué. Apenas cruzábamos un corto saludo, porque todos en aquella época me huían como a la peste, incluso –ay- ciertos “amigos del alma”.
Pero el tiempo pasa, y ya ven: ahora el preso es Pánfilo. Nada ha cambiado en Cuba, donde la manía de reprimir sigue vivita y coleando, como cuando la policía política me arrancó de mi hogar y mi familia hace 36 años, un caluroso mes de agosto, como este mismo que ahora padezco a buen recaudo, en la Florida.