
Published: June 04, 2009
El Dictador Jubilado no se cansa de decirlo: no quiere regresar al OEA. Lo ha repetido en sus reflexiones desde su lecho de muerte a plazos. También lo ha dicho su hermano varias veces. Desde hace muchos años, el régimen castrista califica a la OEA de “prostíbulo político”. Entonces, ¿por qué gastar tiempo, saliva y papel en discutir algo que de antemano va camino del fracaso?
No hay que decirlo. A lo largo de décadas, la Organización de los Estados Americanos no ha cumplido otra función que la de servir de poltrona y tribuna a un montón de diplomáticos sin destino. No es tan siquiera, como algunos querrían, una especie de Naciones Unidas de este hemisferio. Sus sanciones nunca se ponen en vigor y sus decisiones apenas provocan algunas breves líneas en la prensa. Las condenas que a menudo emite su organismo de derechos humanos suenan tremebundas, pero no hay dictador que se digne a tomarlas en cuenta.
En suma, la OEA hace rato que no sirve para nada. Quizás alguna vez fue ministerio de colonias de Estados Unidos. Pero ya ni siquiera es eso.
Años ha, cuando la OEA suspendió a Cuba, lo hizo invocando los principios que animan su carta constitutiva, sustentándose en el argumento de que Cuba y su gobierno marxista-leninista eran incompatibles con el sistema interamericano. La medida se tomó a instancias de una denuncia planteada por Venezuela, tras haber derrotado un intento de invasión castrista. Todos los integrantes de la OEA, salvo México, rompieron con La Habana, y desde entonces nadie se había tomado el trabajo de traerlo a colación.
Pues bien, la mesa está ahora servida para un comensal que no tiene intención alguna de sentarse a ella. ¿Qué sentido tiene? Halagar al Tirano Moribundo. Rendirle una última pleitesía y cruzar los dedos, a ver si se decide a comer.
Buena suerte.