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Ese fue otro huracán

Published: September 04, 2008

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Vista parcial del desastre en la Isla de la Juventud.
Varios conocidos disidentes cubanos hicieron un llamado al presidente Bush para que suspendiera por tres meses algunas de las restricciones del embargo, en vista de las calamidades que sufre la población cubana tras el paso del huracán Gustav.
Casi al mismo tiempo, el candidato presidencial demócrata Barack Obama hizo un pedido semejante, siempre advirtiendo que no es partidario de levantar el embargo a la isla ni de prestar ayuda al régimen castrista.
Se pide eliminar el límite a las remesas, a los paquetes de alimentos e incluso a los viajes de los cubano-estadounidenses a la isla. La idea es aliviar de alguna manera las carencias provocadas por el ciclón y mantener el contacto familiar en estos momentos difíciles.
Parece algo sensato y posible. Pero me pregunto si tales sentimientos harán eco en las autoridades cubanas, que son una parte primordial de las barreras que separan a las familias cubanas.
¿Suspenderán el requisito de viajar con pasaporte cubano y cobrar por éste casi $400? ¿Suspenderán el requisito de pedir también una visa, a un costo de $200, sin garantía de que ésta se conceda? ¿Seguirán cobrando un “peaje” de entrada al país de $200 a cualquiera que traiga obsequios a sus familiares en Cuba?
Digo esto, porque aunque les duela a quienes no se cansan de clamar por menos restricciones a los viajes a Cuba, la realidad es que las restricciones a esos viajes no son del dominio exclusivo del gobierno estadounidense.
Los requisitos antes mencionados son una carga enorme sobre los cubanos de recursos modestos que sólo aspiran a visitar a sus familiares. Mientras algunos califican de crueles las medidas que de este lado limitan los viajes, yo me atrevería a decir que las de allá, es decir, las que mantienen los Castro, son a todas luces una extorsión injustificable.
Pero bueno, ¿qué se puede esperar? Fueron ellos quienes tildaron de “apátridas” y “gusanos” a los que abandonaban su paraíso. Fueron ellos quienes durante décadas convirtieron incluso el mantener contacto con familiares en el exterior en causa eficiente de represalias sociales.
De lado de acá, no cabe duda de que la reacción del representante Lincoln Díaz-Balart al pedido de una breve moratoria sobre las medidas restrictivas ha sido exagerada, tomando en cuenta que el régimen castrista nunca se ha inclinado a recibir ayuda humanitaria alguna de Estados Unidos, ni tampoco a flexibilizar sus propias restricciones a los viajes.
Después de todo, aunque Washington abriera un poco las puertas y las arcas, La Habana no iba a reaccionar.
Poco le importa a Fidel o Raúl la penuria extrema que se sufre en Pinar del Río o en la Isla de la Juventud. Mucho antes del huracán Gustav, otro ciclón ya se había llevado la esperanza del pueblo cubano. Esos vientos nunca dejan de soplar. 


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